
La primera gran lección de Juan Fernando Giraldo sobre el deporte no la aprendió en una cancha ni en un campo de tiro. La escuchó en casa, repetida una y otra vez por su padre, un futbolista talentoso que nunca llegó al profesionalismo por falta de disciplina.
“Aprenda de mi experiencia”, le decía.
Aquellas palabras se le quedaron grabadas desde la infancia. Aunque nació en Medellín en 1990, gran parte de sus primeros años transcurrieron en Santa Fe de Antioquia, donde creció recorriendo montañas en bicicleta, jugando fútbol y descubriendo el gusto por la actividad física. Sin saberlo, en esos paisajes del occidente antioqueño comenzaba a construirse el principio que hoy guía toda su vida profesional: el talento puede abrir puertas, pero es la disciplina la que permite atravesarlas.
Mucho después, cuando se radicó nuevamente en Medellín, encontró en el tiro con arco el deporte que terminaría marcando su destino. Llegó tarde para los estándares del alto rendimiento. Empezó a los 18 años, cuando muchos de sus rivales ya acumulaban años de experiencia. Sin embargo, avanzó rápidamente hasta integrar la Selección Antioquia.
El camino no fue sencillo. Delante de él estaban los mejores arqueros del país, deportistas que hacían parte de la Selección Colombia y que parecían inalcanzables.
“Yo llevaba uno o dos años practicando y ellos cinco u ocho años. Ganarles era muy difícil”, recuerda.

Aun así, persistió. Entrenó, compitió y vivió las alegrías propias del deporte, como aquella competencia internacional por equipos en la que, junto a sus amigos Sebastián Uribe y Andrés Ramírez, logró subir al podio. Sin embargo, mientras buscaba abrirse paso como arquero, la vida comenzó a mostrarle otro camino.
La transición hacia el entrenamiento deportivo ocurrió casi por accidente.
Una dificultad administrativa le impidió asistir a unos Juegos Nacionales y, mientras sus compañeros competían, le pidieron quedarse acompañando a los jóvenes de la Liga de tiro con arco de Antioquia. Comenzó observando, corrigiendo detalles técnicos y organizando actividades. Lo que inició como una ayuda temporal terminó convirtiéndose en una vocación.
“Fue algo muy casual. Me dijeron: ‘¿No quiere echarles un ojo a los muchachos?’, y por ahí empecé”.
Durante dos años acompañó procesos formativos mientras continuaba aprendiendo junto a su propio entrenador. Después llegó una oportunidad que terminaría convirtiéndose en la escuela más importante de su carrera: el Inder Envigado.
Allí permaneció cerca de una década formando deportistas desde sus primeros acercamientos al arco hasta su llegada a las selecciones Antioquia y Colombia. Ver crecer talentos como María José Quintero, Violeta Sánchez o Samuel Gálvez se convirtió en una de las mayores satisfacciones de su trayectoria.
“Yo los recuerdo cuando tenían 12 o 13 años. Ahora verlos competir al más alto nivel es demasiado gratificante”.
Pero el giro más significativo de su carrera aún estaba por llegar.
En 2023 recibió una llamada inesperada. Un amigo lo invitó a presentarse en las oficinas de la Federación de arqueros de Colombia. Juan pensó que asistiría a una reunión más relacionada con el tiro con arco convencional. En realidad, se trataba de una entrevista para integrarse al proceso de Para arquería.
Aceptó sin saber que esa decisión transformaría también su manera de entender la vida.
Al principio tuvo que adaptarse a una realidad nueva. Descubrió que detrás de cada deportista existían desafíos únicos y que muchas veces no había manuales ni respuestas establecidas. Había que investigar, preguntar y crear.
Uno de los casos que más lo marcó fue el de Ariana Correa, una deportista que no cuenta con una extremidad superior.
“Como entrenador tenía la responsabilidad de encontrar la manera para que ella pudiera disparar bien. Empecé a investigar, a observar otros casos, a conversar con entrenadores y deportistas de distintos países”.
Lo que siguió fue un proceso de prueba y error. Adaptaciones artesanales, dispositivos construidos desde cero y muchas horas buscando soluciones donde aparentemente no las había.
Ese trabajo terminó dando frutos extraordinarios.
En los Juegos Parapanamericanos Juveniles de Chile, Ariana consiguió la medalla de oro y fue reconocida como deportista revelación del año. Junto a ella, otros jóvenes Para arqueros colombianos también alcanzaron el podio utilizando adaptaciones desarrolladas durante ese proceso.
Para Giraldo, aquel logro trascendió cualquier resultado deportivo.

“Todo empezó con una pregunta: ¿cómo hacemos para que una persona sin un brazo pueda disparar? Ver hasta dónde llegó ese proceso ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida”.
El deporte paralímpico no solo transformó la carrera de Juan Fernando Giraldo; también cambió su manera de ver el mundo. Lo que antes observaba con compasión, hoy lo mira con admiración.
“Lo que más me impacta es la fortaleza que tienen. Sin importar las dificultades, siempre encuentran la forma de seguir adelante”.
Esa misma convicción atraviesa su trabajo como entrenador. La disciplina es su principio innegociable y su misión es recordarles a sus deportistas que siempre pueden dar un poco más de lo que creen.
Por eso, cuando habla del legado que quiere dejar, no menciona medallas ni estadísticas.
“Me gustaría que me recordaran porque fui una persona incondicional con ellos, porque siempre trabajé para ayudarlos a crecer”.
Y quizá ese sea su mayor acierto. No el que consigue cuando una flecha encuentra el centro del objetivo, sino el que logra cuando un deportista descubre todo lo que es capaz de alcanzar.